¿Cómo hay que contar a los alumnos de clase el suicidio de una compañera?

María fue enterrada este martes. Estudiaba en el IES Universidad Laboral de Toledo y se quitó la vida en un pueblo de la provincia. Tenía 16 años. Su muerte ha conmocionado a la comunidad educativa de este instituto, donde psicólogos de Cruz Roja hablaron con el grupo de clase sobre la muerte de la adolescente.

«Vamos a despedir a María con todo el dolor que puede albergar un corazón y a intentar ayudar y a abrazar a sus amigos y nuestros alumnos con todo el acierto y el cariño que seamos capaces», escribía en sus redes sociales el centro, donde el martes se guardó un minuto de silencio en su memoria.

Pero, ¿cómo hay que contar a los alumnos de clase el suicidio de una compañera? Los psicólogos Francisco Celada y Enrique Galindo, autores del libro ‘Dejar de sufrir o dejar de vivir’, explican que «el suicidio de un alumno es un acontecimiento trágico que impacta profundamente» en la comunidad escolar. En estos momentos difíciles, afirman a ABC, los maestros y los profesores desempeñan un «papel crucial» al comunicar esta dolorosa noticia a los niños, jóvenes y adolescentes de diferentes grupos de edad, desde estudiantes de Educación Primaria a Bachillerato, pasando por ESO.

«La pérdida de un compañero de clase por suicidio es una experiencia devastadora para la comunidad escolar. Es esencial que los profesores, en su rol de educadores y guías, estén preparados para comunicar esta difícil noticia a los niños y jóvenes, adaptando el enfoque», dicen Celada y Galindo, estudiosos de estas conductas. «Es fundamental abordar el tema con sumo cuidado, sensibilidad y empatía», creando un «espacio seguro y acogedor, donde los estudiantes se sientan cómodos para expresar sus emociones y hacer preguntas».

«Lo mejor es comunicar la muerte lo antes posible. Si se ha de hacer en el aula, conviene crear un clima de escucha y de tranquilidad antes de dar la noticia»., aconseja Celada, doctor en Cuidados en Salud, enfermero y experto en psicología de emergencias y catástrofes.

«Procede que los profesores compartan sus propios sentimientos con el alumnado», expone Galindo, coautor de varios planes de Salud Mental y de Estrategias de prevención del suicidio.

Para ello, en primer lugar, «notificaremos a los padres de los alumnos la muerte del menor -aunque la mayoría de ellos, por no decir todos, ya lo sabrán-, y les indicaremos las actividades que haremos con sus compañeros. Luego daremos la información del fallecimiento en el aula a todos los alumnos, independientemente de que ya la conozcan».

La importancia del lenguaje según las edades

Si son alumnos de Primaria, los conceptos relacionados con el suicidio deben explicarse de manera sencilla y adaptada a la comprensión de los niños. «Hay que evitar utilizar términos técnicos o gráficos que puedan generar confusión o miedo», recomiendan a los maestros.

También habrá que fomentar la expresión emocional: «Permitir a los niños hablar sobre sus sentimientos y emociones, animándolos a compartir sus preocupaciones y preguntas. Igualmente, se les proporcionarán herramientas para expresarse adecuadamente, como el dibujo o la escritura».

Celada y Galindo hablan asimismo de promover la empatía y el apoyo mutuo: «Enseñar a los alumnos a ser compasivos y a brindar apoyo a sus compañeros en los momentos difíciles de la vida. Fomentar la importancia de escuchar de manera activa y de mostrar una genuina preocupación por los demás».

Con estudiantes de ESO, es «crucial» que los profesores aborden el tema «con sensibilidad y empatía», «brindando apoyo a los jóvenes en su proceso de duelo y ofreciendo recursos para cuidar de su salud mental», dicen estos expertos. Inciden además en «establecer un espacio seguro y de confianza, donde los estudiantes se sientan cómodos para expresar sus emociones y hacer preguntas sin temor al juicio».

Sobre el vocabulario, es «esencial» emplear un lenguaje claro y comprensible para los adolescentes de la ESO. «Evitar tecnicismos excesivos y gráficos impactantes, optando por explicaciones sencillas y directas sobre el suicidio y sus implicaciones», aconsejan Celada y Galindo.

Estos investigadores subrayan también la necesidad de brindar apoyo emocional a quienes puedan estar pasando por dificultades, y «alentar a los estudiantes a buscar ayuda si están lidiando con sus propios desafíos».

Y hablan de ofrecer información relevante y precisa sobre el suicidio, «centrándose en la complejidad de sus causas y en la importancia de la salud mental». Ponen énfasis además en «desafiar los estigmas y los mitos comunes asociados al suicidio, alentando a los estudiantes a buscar conocimiento basado en evidencia y a no juzgar a quienes se enfrentan a esta problemática».

En este punto, los dos profesionales recalcan: «Los profesores pueden educar a los estudiantes sobre la salud mental, explicando que el suicidio es un problema complejo y multidimensional, y ayudar a desmitificar ideas erróneas». También sugieren propiciar discusiones en grupo donde se compartan experiencias y se brinde apoyo mutuo, «fomentando la escucha activa y el respeto por las opiniones de los demás».

No obstante, recomiendan la comunicación individualizada, «en la medida de lo posible», o en grupos pequeños para informar sobre la fatídica noticia: «Esto permite una comunicación más personalizada, donde los estudiantes se sientan más cómodos para expresar sus emociones y hacer preguntas».

Según Galindo y Celada, los profesores deben trabajar en «estrecha colaboración» con el equipo de apoyo escolar, como psicólogos, trabajadores sociales o consejeros, para «asegurarse de que haya recursos disponibles y se brinde apoyo adicional a los estudiantes que lo necesiten». Esto, apuntan, puede incluir guías, trípticos, líneas telefónicas de ayuda, organizaciones especializadas en salud mental o servicios de atención psicológica.

Pero los dos expertos van un poco más allá: «El apoyo a los estudiantes no debe limitarse a la comunicación inicial del suceso. Es importante establecer un seguimiento continuo y brindar el apoyo necesario a medio y largo plazo, creando un entorno propicio para hablar, desahogarse, preguntar y sentirse parte de la comunidad educativa en la que se ha dado el suicidio».

Si los alumnos son de Bachillerato, pueden tener un nivel de comprensión más avanzado sobre el tema, por lo que se les puede proporcionar información precisa sobre el suicidio, «enfatizando en la complejidad de las causas y la importancia de la salud mental». Además, estos investigadores defienden fomentar la discusión y el diálogo: «Animar a los estudiantes a expresar sus pensamientos y sentimientos en un entorno seguro, así como proporcionales recursos y orientación sobre cómo buscar ayuda profesional y cómo apoyar a quienes lo necesiten».

Precisamente a lo largo de los diez capítulos de su último libro, ‘Dejar de sufrir o dejar de vivir’, cuentan cómo abordar la conducta suicida sin olvidarse de la población juvenil y adolescente, el ámbito escolar y el abordaje de los que se quedan, los llamados supervivientes: familiares, allegados y compañeros de clase.

Con todo, los expertos lanzan un último mensaje: «Hay que ayudar a los jóvenes a comprender que el suicidio es un problema de salud mental y que buscar ayuda es un acto valiente y necesario».