Hay días que empiezan en el sofá y terminan en el sofá, en un círculo que más que vicioso es triste: y al despertar, la tele seguía allí, iluminando con su azul eléctrico la mesa del salón, las migas de la pizza recalentada, el vaso mediado de agua de grifo y un rostro entre ojeroso y culpable, como de canción de Elliott Smith. Literatura, pero no demasiada.

En las catacumbas de HBO hay una colección de series con el marchamo ‘Perfectas para el insomnio’, en otra muestra más de cómo cualquier desgracia, grande o pequeña, cotidiana o excepcional, buscada o encontrada, es susceptible de convertirse en tendencia, es decir, en tontería. La selección la pudo haber hecho un algoritmo o un maldurmiente, y airea conclusiones rocambolescas sobre nuestra especie. Ahí estaban ‘Urgencias’, ‘Gossip girl’, ‘Friends’ y ‘Sexo en Nueva York’, esto es, médicos, millonarios y neoyorkinos, el sueño americano de los insomnes: historias vistas tantas veces que han pasado a ser ruido de fondo, un refugio de oro en los días de mierda.

Hace unos años, un periodista de ‘Cosmopolitan’, de dónde si no, creó una lista de series perfectas para quedarte dormido en menos de quince minutos. ‘Chernóbil’ la recomendaba así: «Solo llevo un par de noches probándola, pero por ahora me va de maravilla. En tres noches no he logrado acabar el primer episodio». Es como elegir un libro para calzar una mesa, sí, pero es reconfortante ese contrapunto de usar un desastre como relajante muscular.

En ‘Mi año de descanso y relajación’, una de las mejores novelas que se han escrito en este siglo, Ottesa Moshfegh imaginó a una mujer que en lugar de suicidarse decide dormir. Con una convicción religiosa, la protagonista deja su trabajo, contrata a una psiquiatra desastrosa para que le recete los somníferos más fuertes del mercado y comienza su maratón. La química la complementa con películas de Whoopi Goldberg, el único placer que se permite en este mundo, lo que le queda de fe en la humanidad.

La escena se repite varias veces: la televisión encendida y ella durmiendo en posición fetal, perdiendo la noción del tiempo, del planeta, del universo, pero sin moverse del sofá. Hay algo infantil en esa imagen, y sobre todo una tragedia: ya nadie nos lee cuentos antes de dormir.